Anatomía foliar de un duelo

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Cada forma de la naturaleza está compuesta por partes, y la suma de esas  partes conforma un todo. Así, cuando ves la hoja que compone una planta, no solo reparas en la forma que la distingue, sino que puedes discernir el haz; ese, que contemplas a simple vista, que  no requiere esfuerzo para ser descubierto. Sin embargo, la hoja también presenta un envés; en el que casi nadie repara, ya que solo se logra ver si volteas la hoja, para contemplarla por debajo. Entonces, descubres que cada una de las caras es particular, así es el duelo; hay uno que todas las personas ven, y hay otro, el que cada persona vive y el que nadie puede ver.

Cuando estás en duelo, es porque estás conectada a otro ser vivo. Es como la hoja, que exhibe hacia la base un peciolo delgado, que lo conecta a la rama de la planta. Así estás conectada a ese ser, a esa vida que ya no está, pero permanece ese peciolo, esa conexión. Las personas no conciben, que a pesar de que el tiempo pase, la conexión prevalece, nada la remplaza. Al inicio, el sufrimiento es inmenso y después se desvanece, pero el dolor como la conexión, permanecen.

Como el verde de las hojas, que varía entre los diferentes tipos de plantas, ya sea por la hora del día, o por la radiación, o por la sombra, así varían los duelos. Cada verde ocurre a su manera; así, puedes transitar un duelo que terminas aceptando y finalizando, y puedes recordar ese ser con amor y sin dolor. Pero hay otro tipo de duelo, el intenso y fuerte, el que nunca se marcha.  A pesar de que admites, reflexionas y llegas a  explicaciones razonables, no aceptas; tanto que, si pudieras elegir, y si alguien te complaciera y si pudieras cambiar las circunstancias, ese ser estaría ahí, presente, aún a tu lado, contigo. Entonces, descubres que existen dolores que cambian de intensidad, unos días son leves, pero otros, vuelven a ser intensos.

Solo hay una manera de transitar un duelo, la tuya; así, cada persona vive a  su manera esa pérdida, cada ser vivo  se ajusta a un tipo de duelo, como si se acoplara  a  la forma de una  hoja, a la de una planta en particular.  De pronto, adviertes que eres parte de un todo, y que esa hoja está acompañada de otras hojas, que integran una rama, que se articulan a un tallo, y que existen unas raíces que te anclan. Así, sigues viviendo, todo continua, y sin darte cuenta sigues recorriendo caminos, con el duelo, con el dolor, solo que ahora no pesa, porque hace parte de ti.

Entonces, así como las hojas secas caen y alimentan el suelo que sostiene la planta entera, los duelos alimentan el espíritu. No como un ancla pesada que arrastras con pesar, sino como un sendero que exploras internamente; y así, recorres tu indigencia, circulas entre tus temores, saltas entre tus afectos y vuelas entre emociones. Por eso, no huyas de tus duelos, y como si estuvieras en una selva, observa la composición, siente la textura de las hojas, percibe los olores, capta la calidez del entorno y aprende a vivir con tus sentidos.

A. Jerez 

A. Jerez participó en el taller de escritura terapéutica de mayo. Es una mujer, que disfruta de las plantas. Zoóloga, docente e investigadora universitaria.  

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