Dejen de romantizar relaciones tóxicas

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La educación sentimental que hemos recibido de las telenovelas, de la música y hasta de la literatura nos ha hecho mucho daño. Pensamos que amar es sufrir, pero no lo es.

Desde hace varios siglos la simbiosis de amor y sufrimiento lleva un buen tiempo fermentándose en las mentes y corazones de muchas mujeres, pues la cultura y la sociedad refuerzan la naturaleza trágica de las grandes historias de amor, en donde el sufrimiento es uno de los ingredientes claves y le ha dado sustancia a un caldo venenoso, que tragamos resignadas porque lo hemos normalizado. Así que se perpetúa una visión distorsionada de las relaciones de pareja y da pie a situaciones crueles que se cobijan bajo el manto del romanticismo.

Entonces vivimos historias de caminos tortuosos, en donde la protagonista de la telenovela enfrenta un sinnúmero de pruebas que vale la pena transitar a cambio de un supuesto final feliz.

Historias de mujeres que todos los días van al puerto a esperar a ese marino que nunca volvió, tal y como lo relata Maná en su canción de la loca del muelle de San Blas.

Historias que glorifican la paciencia de aquellas mujeres que con su abnegación de mártir lograron cambiar a esos tipos toscos y rebeldes.

Historias de féminas que renuncian a su carrera, a sus hobbies, a sus amistades y a todo su mundo por dedicarse al “hombre de su vida”, que se convierte en el eje central de su existencia.

Historias de miedo a la soledad y al qué dirán, de mujeres que no quieren verse como fracasadas y prefieren mantener una relación que agoniza. Así que aguantan y sonríen por fuera, aunque se estén muriendo por dentro.

Historias de féminas que no olvidan a ese gran amor. Y mientras el tipo se reinventa una y otra vez, ellas siguen pegadas a su recuerdo, a lo que no fue y que ya jamás será, pero que en su honor hacen un gran duelo, uno que dura muchos años.

Historias de mujeres que mendigan migajas, que le suplican al objeto de sus afectos que se quede con ellas, que no las deje, porque sin él no son nada, y no les importa ver sus pedazos de integridad esparcidos en el suelo de un cuarto medio vacío.

Historias turbulentas en las que se vive por unos instantes una luna de miel y luego empieza el infierno, porque se cree que el amor es drama y una montaña rusa de peleas y reconciliaciones apasionadas.

Historias de las que perdonan lo imperdonable porque “el amor todo lo puede” y “hay que hacer lo imposible por amor” hasta pasar por encima de la dignidad, porque se vuelve más significativo ser la protagonista de una gran novela romántica que cuidar el amor más importante… el propio.

Es cierto que las relaciones de pareja no son perfectas, ni color de rosa, porque los seres humanos somos complejos y por ende habrá momentos difíciles, más esto no quiere decir, que se deban fomentar las escenas de celos, la manipulación o los ataques con alevosía.

Hay que entender que el dolor es muy distinto al sufrimiento. El dolor es algo natural e inherente a la vida, un parto duele, la muerte de un ser querido duele, cuando nos caemos duele, cuando discutimos con la pareja duele, pero el sufrimiento es otra vaina muy distinta, es algo enfermizo y masoquista, es como un dolor que se pasa de su fecha de vencimiento, que se pudre, que carcome el alma y agota nuestras reservas emocionales.

Como dijo el Buda Shakyamuni “el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”. Así que podemos elegir no sufrir, o al menos sufrir menos y reescribir nuestras historias románticas.

Una relación nunca será sana, si se construye desde la carencia. Cuando pensamos que nos falta algo, ya llevamos las de perder porque en el fondo siempre seremos niñas necesitadas esperando al príncipe salvador que dará sentido a nuestra existencia.

Somos mujeres hechas y derechas que nacimos con mayores oportunidades que nuestras antecesoras, sin embargo, todavía nos hace falta modernizar el corazón y que este vaya a la par de los avances que hemos alcanzado en otros aspectos de nuestras vidas, como quien actualiza un software que se quedó obsoleto.

La vida es demasiado corta como para rendirle pleitesía al sufrimiento. Es maravilloso eso de amar y ser amada pero entendiendo cómo funcionan las cosas en el mundo de los seres maduros. Una relación afectiva no solo vive del sentimiento, esta se queda coja si falta inteligencia emocional, buena comunicación, confianza y respeto por la otra persona. No se trata de querer más, sino de aprender a querer bien.

Y sobre todo, no hay necesidad de renunciar a nuestra esencia para probarle a otra persona que la amamos, porque eso, ni es sano, ni es bonito, ni es práctico,  ni es amor. Es más bien, apego, esclavitud y una forma de tortura. Si alguien las ama de verdad, no les cortará las alas, antes será feliz de verlas volar alto. Y si ustedes se aman de verdad, pondrán límites y no aceptarán una relación en condiciones de desigualdad.

Dejen de romantizar el sufrimiento… no se queden en el siglo XVIII.

Valeria De La Espriella

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