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A finales del siglo XIX, un 8 de marzo de 1857 en New York un grupo de mujeres trabajadoras de la confección organizaron una huelga debido a los bajos salarios y a las condiciones inhumanas que tenían.

Unos años más tarde, otra vez un 8 de marzo en New York un grupo de 15.000 mujeres realizaron una manifestación para exigir un recorte de los largos horarios laborales, mejor paga, derecho al voto y el fin del trabajo infantil.

En Copenhage en 1910 en una importante conferencia en la que participaron más de 100 mujeres de 17 países se propuso la creación de un día internacional de la mujer para conmemorar las huelgas de las trabajadoras.

En 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se realizaron mitines a los que asistieron más de un millón de personas. Ese mismo año un 25 de marzo murieron más de 100 obreras textiles en una fábrica en New York.

Pero no fue hasta el año 1975 que en el mundo entero se conmemoraría el 8 de marzo como el día internacional de la mujer. Hoy en día féminas de diferentes culturas, nacionalidades, etnias y lenguas, se unen para recordar todo lo alcanzado y también lo que aún hace falta para poder hablar de una verdadera igualdad.

Y no es que me moleste que lleguen a regalarme flores o chocolates y que pongan la canción de Ricardo Arjona o las rancheras de siempre, pero la verdad es que de nada sirve el contentillo dulce y tarjeta de frase empalagosa una vez al año, si los 365 días restantes de este período bisiesto comentan que: “A esa la ascendieron porque se lo dio al jefe” “Las mujeres no son buenas ingenieras” “A Fulanita lo que le hace falta es un buen polvo para que se le quite lo histérica” “Mujer tenía que ser para manejar tan horrible”.

Sé que por escribir este tipo de cosas, estadísticamente el 8 de marzo es el día del año en el que más me dicen “Feminazi”, pero a mí esas vainas ya me resbalan, lo que importa en un día como hoy, es que visibilicemos las problemáticas que todavía nos aquejan, como las violencias y muertes a manos de parejas o exparejas, la mutilación genital, los casos de acoso sexual laboral, la iglesia y el estado decidiendo sobre nuestra anatomía, las violaciones y torturas a niñas, el techo de cristal, la brecha salarial, la presión social y el sexismo benevolente.

No basta con sentirse mujer o nacer con vulva, debemos desarrollar una visión de género, alzar la voz ante las injusticias, ser ejemplo e inspirar, sobre todo unirnos con otras mujeres porque somos aliadas, no enemigas.

Tomando la frase de Emily Dickinson “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie”  hoy y siempre levantémonos y tomemos el control de nuestra vida, porque la revolución empieza cuando cada una se pone las botas.

Valeria De La Espriella

Autora de ‘Manual para Solteras DeBotas’ disponible en librerías Panamericana, Fondo de Cultura Económica, Wilborada y Tornamesa.

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Los datos históricos fueron tomados de la página de National Geographic.

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