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Por: chicazorro

Tengo 43 años y voy a hacer una confesión: nunca había usado un vibrador.

Fui educada en la vieja escuela (siglo pasado, sólo para recordar) en la que todo era pecado: mirarse, gustarse y peor aún, tocarse. Aunque no estaba dispuesta a llegar virgen al matrimonio, otro requerimiento de la época al cual sí me negué, por mi vagina sólo pasaron penes y dedos, pero casi nunca los míos, porque la autogratificación tampoco estaba bien vista; así que en la juventud no exploré esa parte de mí por miedo al pecado, a mirar o tocar más de la cuenta.

Confieso que estuve casada durante 15 años, donde experimenté el fugaz paso del sexo ardiente de los dos o tres primeros años, a la rutinaria posición del misionero que le gustaba hacer a mi exmarido una vez a la semana, a veces dos, con el único fin de darse placer y pare de contar, mientras yo “cumplía con mi deber de esposa” o lo evitaba con los ya conocidos trucos del dolor de cabeza, la regla o ayudarle a ese polvo para acabar rápido. Sí, tuve años de mal sexo donde hasta yo creía que no sentía nada.

Confieso que me separé por ese y —muchos— otros motivos que no vienen al caso (tal vez en otro artículo haga catarsis sobre ellos), y los primeros meses, dentro de las calenturas que me apremiaban por tan malos polvos con mi ex, me tiré a los brazos de un par de Adonis que lograron recordarme que no, que no era yo la del problema; y que sí, que sí me seguía gustando el sexo, que sabía hacerlo y sobre todo, disfrutarlo.

Pero la verdad es que no estaba buscando entablar relaciones serias con amigos de mis amigos o encuentros casuales-sexuales por el famoso Tinder, porque ante una separación como esas el corazón sale muy pero muy lastimado, queda sensible y vulnerable, y llega cualquier pelafustán a endulzarte el oído y una ya cree que llegó el amor de la vida (el que ya sabes que no es, pero el dolor inmediato anestesia la realidad); entonces esos encuentros desaparecieron. Además tengo una hija pequeña, a la que no quiero presentarle hipsters, yupies, nerds o modelitos de paso en busca del sexo perdido. No.

Ante las pocas ganas reales o por construir, de un encuentro de cualquier tipo con los hombres, recordé un deseo recurrente que tuve durante algunos años cuando, hablando con una amiga sobre la rutina del sexo matrimonial, me habló del vibrador (gracias C, estaré eternamente en deuda contigo, así me lo hayas dicho hace cuatro años), y aunque ella fue bien explícita al hablarme de las delicias de la carne con ese pequeño implemento y a mí me causó curiosidad, en ese momento no hice mucho caso, por los discursos recurrentes: miedo, pereza, costos, etc, etc.

Así que ahora me dije: chicazorro, estás sola, sin mayores cargas emocionales que querer estar contigo misma, con ganas de sexo y con lo mejor: la liquidación del divorcio. En nombre de tu ex te compras y disfrutas del mejor vibrador que encuentres en el mercado del placer. Porque te lo mereces, porque ese man tiene que reinvindicarse contigo, y como ya no será con su pene, que sea su billetera la que te regale lo que te has ganado con esfuerzo, paciencia y dedicación durante tantos años. Como dirían los españoles: ¡Hala! ¡A por el juguete!

Primer viernes que tuve sin mi hija, me fui de shoping sexual por la antigua zona rosa donde hay varios sex shop, a buscar el mejor de los mejores juguetes, el gagdet que le regalaría James Bond a una de sus chicas, porque quién más puede ser el referente de elegancia, diseño y lujo. Pasé por varias tiendas de artículos sexuales, preguntando, investigando. Como si fuera la más ducha en la materia llegaba y decía “como está, vengo a que me recomiende un vibrador”. Así, sin  más pelos de los que ya tenía. Y entonces con el mismo desparpajo me enseñaban estos aparatos y me hablaban en términos cercanos y hasta amigables: juguete, placer, orgasmos, clítoris (hasta anal dijo alguna mostrándome otro aparatico).

Me encantó poder hablar de sensaciones tan humanas y cercanas, sin los tapujos convencionales con los que crecí. Me encantaron las descripciones que hacían las vendedoras porque me hicieron ir quitando el velo de la pena y la culpa para ir encontrando la luz del deseo, de las ganas de tocarme, conocerme y sobre todo, darme placer.

Después de recorrer tres sitios y que me destaparan y me enseñaran las increíbles funcionalidades de unos ocho juguetes sexuales, di con el número uno: el Mercedes Benz de los vibradores. Minimalista (rosado, eso sí), de un material siliconado quirúrgico anti cualquier alergia vaginal, con cargador (para que dure y dure. Y duro); de textura lisa, y con eso me tumbaron el mito de que la textura rugosa da placer. No, es el movimiento adentro de la vagina lo que más estimula los orgasmos del punto G. O al menos eso me dijeron; con velocidades ajustables para más o menos intensidad, movimientos circulares del falo y lo mejor, con las orejitas del conejo para masajear el clítoris (tengo en mi memoria algunos orgasmos fabulosos de solo frotar el clítoris, así que era lo más quería probar). Como mi única referencia de vibrador era el de Carrie Bradshaw en Sex and the City, la presencia del conejo era vital.

La caja en la que venía era más bonita que la de un iPhone: rosada con blanco, de cartón duro y cierre magnético. Yo ya me sentía con el billete al placer comprado en primera clase, pero la señorita dijo que faltaba el lubricante para no lastimarme por allá adentro, así que pedí una nueva recomendación y me fui por uno de agua que además era “potenciador”.

Confieso que salí como la más feliz de las mujeres con una sonrisa de oreja a oreja como quien guarda un gran secreto. Para qué citas en bares, o ir al cine o a comer con alguien y a esperar a ver si se da o no el acto sexual, si ya lo tenía entre mi mochila —y pronto entre mis piernas—. Caminaba por la ochenta y dos con mi nuevo juguete guardado, viendo pasar tanta gente, y yo sólo pensaba en el momento de llegar y conocer a mi nuevo amigo, presentarnos sin más y ponernos a gozar. Llevaba la ilusión del encuentro con alguien (en este caso algo) que desde ya sabía me iba a hacer sentir muy pero muy bien.

Al llegar a casa lo saqué, lo miré y le sonreí con picardía. “Hola…” alcancé a decirle. Leí las instrucciones donde decía lo básico: lavarlo, ponerlo a cargar, uso de modalidades, velocidades, vibrador aparte de masajeador, etc. Wow,

¿Estaré preparada para esto? lo lavé y lo puse a cargar.

Mientras esto pasaba me vi una película y me tomé un par de copas de vino blanco, sin dejar de mirar la luz que titilaba allí cerca… hasta que ya quedó encendida, es decir, estaba cargado.

Con esfuerzo terminé la película que sí, estaba muy buena, pero mi pensamiento ya no podía seguir allí, y me alisté para ir a la cama con mi nuevo amigo: me lavé dientes y cara, puse musiquita suave (Spotify, te amo), camiseta de tiras y nada más. Confieso que ya estaba excitada. Tomé el vibrador, hice algunas pruebas de prenderlo, moverle botones, lo unté con el lubricante, lo prendí en velocidad suave y lo introduje en mi vagina.

No voy o no puedo explicar exactamente todo lo que pasó allí, en mi cama y dentro de mí, sobre todo porque no creo que existan las palabras exactas para describirlo; esto se trata de sensaciones que ni siquiera son externas, son mucho más que internas, por lo que me es aún más difícil convertirlo en frases o descripciones coherentes. Pero trataré –porque para eso es el artículo-, y comienzo por decir que el masajeador de clítoris es una bomba de tiempo, es una granada sin seguro, es un arma mortal que te convierte en una fuente ilimitada de orgasmos, uno tras otro. Contracciones y espasmos de placer recorren todo tu cuerpo en cuestión de segundos, y la penetración del vibrador hace que se disfrute aún más.

Confieso que grité, gemí, reí y me contorsioné. Tal vez parecía poseída por un demonio, el mejor de todos, el del placer sexual. Gocé cambiando las velocidades, separando las funciones, o sea, por momentos gozando solo del vibrador dentro de mí y luego dejando que el masajeador me llevara al éxtasis para volver a gozar de la penetración del vibrador. Me conecté con mi cuerpo de un manera en que nunca lo había hecho, ni masturbándome con los dedos, ni con el mejor de mis polvos de carne y hueso, para sólo darme placer hasta quedar exhausta, sin pensar en otro al que tengo que darle placer, o al que debo fingirle un orgasmo para que acabe rápido, o al que hay que decirle que me gustó para no herir su autoestima (ya sobrevalorada por otras mujeres en las mismas).

Confieso que paré porque no podía seguir teniendo tanto placer. Y me oigo decir “no podía” y me da risa… yo misma conteniendo mi placer no sé para qué. ¿Para no acabar el pozo? no creo que se acabe. Tal vez es para ir “midiendo” cuánto puedo gozar cada día, y más. Porque mis pensamientos están ahí, en mi siguiente sesión sexual con el vibrador que, aunque en ningún momento podrá reemplazar  a un ser humano (las sensaciones que despierta el contacto completo y de todos los sentidos con otro cuerpo no están en discusión), por ahora sé que el vibrador me regalará los momentos más placenteros para mí, para la satisfacción de una mujer de carne y hueso, sin temor a equivocarme de tipo, a enamorarme o a descacharme.

Para todas aquellas mujeres que pueden sentirse identificadas con esta historia, ya sea porque no lo han probado por miedo o vergüenza, o porque están solas sin pareja estable o porque quieren probar algo nuevo, sólo puedo decirle que no dejen que pasen cuarenta y tres años para experimentar una de las sensaciones más increíbles que vayan a sentir en la vida. Créanme, no se arrepentirán.

Gracias señor conejo por darme placer y felicidad.

ChicaZorro

Bloguera Invitada: ChicaZorro es una cuarentona que encontró la felicidad cuando se encontró a sí misma. Corre, escribe y vive intensamente. Difícil de encontrar, fácil de complacer.

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