Historias de seducción

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En aquel verano decidí irme de vacaciones acompañada únicamente de una modesta maleta, cucos diminutos y miles de pensamientos empacados al vacío. Estaba sola y deseaba emprender una aventura en un país diferente con la expectativa de encontrar señales sobre algunos aspectos de mi existencia, y obvio que también buscaba vivir el más apasionado romance con un galán de acento extranjero. Así cual Julia Roberts en “Comer, Rezar y Amar” me dispuse a dejar todo atrás… bueno, solo por algunas semanas.

Al final no salió tan mágico y divertido como lo vislumbré, fue bastaaante tranquilo para mi gusto. En resumen, subí algunos kilos, tomé bastantes cócteles y mis mejores amigos del viaje, fueron una pareja de jubilados que estaban encantados conmigo porque les recordaba a su hija. Entonces mis vacaciones al estilo “Bajo el sol de toscana” pasaron en blanco, por lo menos desde el punto de vista erótico.

Quería gozar del ímpetu y adrenalina de un encuentro express con un tipo delicioso que me despeinara la cama y las ganas. Sin embargo las cosas no me fluyeron porque en mi maleta además de bikinis, cargué varias de mis neurosis y en esos tiempos de cintura de avispa y abdomen plano, yo me creía la más digna de todas y era tan radical que decía: ¡jamás voy a vender mi alma por levantarme a un tipo, eso es muy chica cosmo!, hasta que entendí que seducir no significa dejar de ser yo misma, que más bien tenía que relajarme y disfrutar de los deliciosos momentos de tensión sexual que se generan con una buena sesión de coqueteo. Ser fuerte e independiente no significa que no me den ganas de echarme un polvo.

Gracias a mi viaje con resultados tibios, quise aprender más sobre del arte de la seducción que no es tan innato como yo creía, pues se debe cultivar para cautivar, para no pasar vergüenzas, o peor aún, para que no se acaben las vacaciones sin haber pescado a alguien.

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En mi entrenamiento encontré diversas clases de hombres, varios medio bizarros que con el pasar de los años se hicieron pintorescos y parte de mis anécdotas divertidas de conquista. Por ejemplo, llegué a posar mis ojos en el típico troglodita, rústico pero muy atrayente, ese que me repetía de forma constante que las mujeres éramos seres muy complicados, que nadie nos entendía. Y yo siempre le contestaba que el problema no consistía en nuestra complejidad sino que los sujetos como él, eran básicos y que en su caso no valía aplicar lo que dicen los expertos, eso del 80% de psicología y del 20% físico, sino el 100% de instinto animal. Era un excelente amante sin embargo la relación no dio para más.

Muchas veces pelé el cobre y aclaro que no me las sé todas, si así fuera, yo sería multimillonaria y este post lo estaría escribiendo desde las playas de Mónaco. Solo uso mi sentido común y trato de aprovechar la experiencia que he adquirido.

Poco a poco fui ganando habilidad y empecé a suavizar mi lenguaje corporal, ya que antes tenía colgado un cartel con alambre de púas que decía: “prohibido el paso, fémina rabiosa”. Así continué con el despliegue de mis encantos recién descubiertos, comencé a mover mi cabello, a mirar con firmeza, a tocar sutilmente los brazos del susodicho, a sonreír de frente y a sonreír de lado. Y dependiendo de mis intenciones nobles o perversas, pude generar conversaciones tan intelectuales cuando quería que el tipo me mirara a los ojos, o tan eróticas cuando buscaba que mirara mis senos. Al abrir mis puertas no significó que también fuera a abrir las piernas, pero permitían una aproximación inicial. (Y bueno, dejémonos de pendejadas ¿qué hay de malo en abrir las piernas?).

Y soy sincera, aunque después surgen otras variables que juegan un papel importante, como la inteligencia, el sentido del humor y el encanto, el primer gancho es la atracción física y se entra por los ojos. Pues a punta de olfato, el susodicho no va a descubrir que toco el piano y hablo tres idiomas, ni yo soy adivina como para saber que él es la reencarnación de Albert Einstein. Hay que verse bien pero sobre todo sentirse bien consigo misma.

Deduje que no necesito ser Scarlett Johansson para considerarme sensual y que mi valor como fémina está más allá del 90-60-90. Fue un proceso revelador cuando reconocí mis atributos y empecé a querer mi boca de pato y mis curvas, a convertir mis defectos en virtudes de mujer de carne y hueso. Hasta que un día por fin, me sentí segura de lo que soy y esto me sirvió para todos los aspectos de mi vida, no solo para flirtear con un sujeto en un bar.

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Tampoco tuve que transformarme en la payasa de la velada, ni hacer chistes como si estuviera en una maratón de Sábados Felices, o esforzarme por ser el alma de la fiesta. Paradójico pero cierto, cuando empecé a reírme de mí misma y a utilizar mi sentido del humor de forma sincera, empezó a crecer mi carisma porque mis “gracias” no eran parte del protocolo social sino verdaderas manifestaciones de espontaneidad, me volví políticamente incorrecta y fue delicioso ver los rostros exaltados de la gente con ideas rígidas.

Quise dejar de lado el tradicional juego del tira y afloje, donde la chica no quiere verse como la más fácil y el tipo quiere demostrar que puede conquistar a la más difícil. Aunque ambos quieren lo mismo esa noche: SEXO, insisten en jugar sus roles preestablecidos. Así que ella se comportará lejana, otras veces insinuante como si tuviera un trastorno bipolar y el dirá que “lindos ojos tienes” o sacará pecho como un pavo real.

Independiente de los riesgos, ya que varias veces no salí bien librada, quise apostarle a la sinceridad pues ya viví la situación en la que el Chayanne Emilio se cansó de la dinámica del gato y el ratón, porque tuvo mucho afán y decidió buscarse a una patialegre que le ahorrara tanto esfuerzo, o muchas veces fui yo la que me aburrí en mi papel de inalcanzable y preferí huir para tomar cócteles con mis amigas: Luna, Biviana y Carla.

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Dejé de ser la princesa encerrada en un castillo, esa que está montada en un pedestal esperando a que la rescaten. Así como me gusta que me seduzcan y me envuelvan entre palabras o caricias, yo también quiero seducir y tomar la iniciativa y esto no me hace loba sino decidida. También entendí que una cosa es ser franca y que no debo ocultar mi pasado y otra muy distinta es ser una vieja traumática. Desde entonces trato de no hablar mal de ningún exnovio aunque haya sido un guache o me haya quedado debiendo plata, pues estos temas además de matar la pasión, son más adecuados en otros espacios, por ejemplo en el aquelarre con las amiguis o en la cita con el psicólogo y no con el tipo que quiero besuquear.

Y si, puede suceder que en el afán por desnudar al otro, contradictoriamente se utilicen todos los velos posibles para ocultar ciertos detalles técnicos de nuestras imperfecciones, hay gente que confunde el mostrar la mejor cara con ponerse una máscara. Por otra parte, sería aburridísimo que los encuentros sucedieran de forma mecánica o predecible y es aquí donde surge lo interesante del tema, con su componente fascinador y en donde cada quien saca sus armas de conquista. Ya sea por la prolongación (o diversión) de la especie, hombres y mujeres nos seguiremos seduciendo.

Ya no necesito irme para otro país a coquetear, puedo empezar con el vecino sexi del 401…


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Imágenes: Ilustración Mujer Maravilla de Mark Ashkenazi y Greg Leon Guillemin 

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3 Comments

  1. Edwin
    EdwinReply
    November 23, 2015 at 3:24 pm

    El arte del ser humano es hacer de lo sencillo, difícil. Lo más fácil es el matrimonio. El amor perfecto no se encuentra, se construye. Es tener la visión de solucionar lo importante (una relación para toda la vida) y no lo urgente (estoy aburrid@ y la solución es un polvo con quien sabe que). Nadie quiere terminar sus días solo, viendo como los demás viven sus vidas en compañía de alguien con quien pueden contar mucho más alla de un pasajero “polvo”.

  2. Edna
    EdnaReply
    August 6, 2016 at 12:30 am

    Pues ojalá el del 401 lea tu historia. ?

  3. Oswaldo
    OswaldoReply
    August 6, 2016 at 12:42 am

    Todo se basa en la admiracion por lo que hacemos. Todo empieza por los ojos, pero debemos darnos la oportunidad de saber quien es y que hace el otro. De esa forma tendremos mas variables para “encantarnos”.

    Todo es la admiracion mutua. Y eso hace que sean relaciones largas o cortas.
    LA ADMIRACION.

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