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Bloguera Invitada: Ana De La Cuesta

Positivo.  Una palabra, mil significados – buenos y malos – para mi en ese momento era como derrumbarse el mundo, junto con mis planes y proyectos a futuro.  De acuerdo a la cultura en donde nací y crecí – ignorancia total – se creía que los hijos de madres solteras tenían el fracaso garantizado, como si quedaran marcados desde la concepción.

Después de sentarme y llorar por más de 15 minutos en la oficina del ginecólogo, el cual me había dado la noticia, me desperté del trance cuando este me preguntó: “¿lo quieres tener? nosotros podemos ayudarte en caso de que no.”  Una sacudida enorme me golpeó la cabeza y mi corazón latió tan fuerte que no podía creer las sugerencias de mi doctor, quien por años me atendía regularmente y cuidaba de mi bienestar femenino.

Me subí al carro para ir al trabajo y llamé a mi hermano.  Él, siempre tan acertado supo con anticipación lo que le iba a contar: “estas preñá…” y yo no lo podía creer ¡se me notaba en la VOZ!

Los días transcurrieron largos, grises y llenos de dudas, preguntas, miedos y más que todo pánico.  El padre de mi bebé también lo sospechaba, pero ni en ese momento, ni hoy diez años después ha hecho el esfuerzo y el deber de ser papá.

La primera parte y tal vez la más dura, fue decírselo a mis padres, vivían en Colombia y la distancia obliga a hacer las cosas por telefono o internet.  Hice una video llamada y la reacción de mi mami fue la esperada, se paró y se fue.  Pero mi papi desde ese momento y hasta el día de hoy ha tomado el papel de abuelo muy seriamente.

La segunda parte fue la etapa del embarazo.  Viviendo en un país tan diferente a mi bella Colombia y siendo madre primeriza, prácticamente me sentía perdida como una adolescente embarazada – ¡y yo tenía 29!  Empezaron las rutinas, el cambio de ropa, piel, pelo, gustos culinarios, olores intolerables y retos para vestirse y hasta para dormir.  A medida que mi bebé crecía y se movía, más sensible me volvía yo.  Cada codazo y patadita fueron señales de agradecimiento por haber decidido traerla al mundo. Día a día me fui sintiendo más fuerte y capaz. Con mi fe en Dios y con la ayuda de mi familia y amigos logré afrontar retos inimaginables.

La tercera parte y de por vida, es la maternidad, y en mi caso paternidad también.  Una vez regresé del hospital e instalada en mi apartamento empece a afrontar los retos más duros y difíciles.  Éramos solo dos, una bebé recién nacida que dependía 100%  de mí y yo una madre inexperta pero con toda las ganas que me inyectaba mi bella hija.  Teteros, pañales, medicinas y malta, ya que no conseguí pony malta que según las madres de antaño servía para mejorar la producción de leche… y bueno, el truco no me funcionó.

Tristemente al regresar de mi licencia de maternidad me encontré con otro reto: el desempleo.  El negocio de mi jefe estaba decayendo rápidamente y él no tenía como pagarme un sueldo.  Una vez más fuimos dos: una bebé que dependía 100% de mí y una madre desempleada.  La situación me llevó a dejar mi apartamento y buscar “roommates” ya que no conseguía trabajo y no tenía cómo pagar los gastos sola.

Año tras año aprendí a medir la fiebre en grados Fahrenheit, como sanar un chichón con mantequilla y sal, como reducir los cólicos frotando la barriguita de mi pequeña con aceites naturales, como bajar la fiebre con medias mojadas de alcohol y hasta eliminar el estreñimiento con jugo de manzana.  Fue entonces que recordé las noches cuando era pequeña y me enfermaba.  Lo cuidados y mimos de mi madre y las visitas a la sala de emergencias.  Pude experimentar el sentimiento de frustración cuando uno no sabe qué le pasa a su bebé y todo lo que uno cree que sirve no le hace efecto.

Mi pequeña se aferra a mí como un salvavidas cada vez que se siente mal o se lastima en sus entrenamientos de artes marciales. Las dos sabemos que nos tenemos la una a la otra, pues de eso se trata, una relación en donde yo le enseño y ella a mí. Han sido diez años ya, he aprendido y ella me ha enseñado a ser mamá/papá.

Un primo me decía que él no está listo para ser padre todavía; y la verdad es que uno nunca estará lo suficientemente preparado. En mi caso, pienso que solo Dios sabe cuándo nos corresponde y nos guía en el camino, de otra forma no habría más personas en este planeta por estar esperando el momento de la iluminación que nos lleve a la certeza de que estamos listos.

Ana De La Cuesta

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