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No me avergüenzo de mi pasado y ya no reniego de este, mas no quiere decir que haya olvidado que hace muchos años distaba de ser un dechado de madurez.

Las personas que me conocen hoy piensan que soy una mujer sensata, divertida y con sabiduría, y más que bañarme en soberbia, menciono esto con el ánimo de cotejar mi versión actual con mi versión del ayer.

Ya sin el peso de la culpa y con kilómetros de auto perdón, quise escribir sobre el daño que hice y que me hice, porque mis lentes de ese momento no eran capaces de ver que yo también tenía mucho en lo que trabajar, que no solo podía limitarme a culpar a terceros, que para limpiar mi vida, además de alejarme de aquello que me lastimaba, también debía reconocer lo tóxico en mí, eso que me conectaba con el sufrimiento, tenía que entender por qué lo atraía y alimentaba.

Luego de vivir una relación violenta y tortuosa, quedé maltrecha, como un animalito herido y asustado que juró que nadie más le volvería a hacer daño, y en vez de buscar una forma de soltar y sanar, decidí alimentar mi rencor, como si el veneno de mis sentimientos lo fuera a beber él, pero al final me lo bebía yo.

Sin saberlo le seguía dando poder, cada vez que lo proyectaba en los rostros de otros hombres, cuando el miedo me llevaba a reaccionar de manera agresiva, cuando hacía daño con alevosía porque era mejor dar el zarpazo primero antes que el otro lo hiciera. Yo habitaba una mansión embrujada y lo tenía a él como fantasma, era mi propia verduga y carcelera.

En mi siguiente relación me vestí de verde para hacerle homenaje al monstruo de los celos, aunque sonreía de labios para afuera, no me sentía digna de ser amada, creía que el tipo era demasiado especial para estar conmigo, lo idealicé y opinaba que su posición social y éxito profesional lo hacían superior a mí, tenía miedo de perderlo, miedo de que encontrara a otra mujer mejor que yo, así que lo vigilaba y revisaba sus cosas, porque mi mente delirante insistía en que los hombres no eran fieles y había que controlarlos.

Aunque yo no fui una pera en dulce, él tampoco fue un santo. Este olía mis inseguridades y como si tuviera el don de la telepatía decía en voz alta y en el momento justo, mis pensamientos más terribles que reafirmaban mi escaso autoconcepto.

Me sentía apagada y poquita cosa, pero cuando caía en cuenta de su terrorismo psicológico me transformaba en huracán y respondía con palabras que herían como cuchillos, lo manipulaba, lastimaba su ego y su hombría,  coqueteaba con otros para que él se diera cuenta que también podía ser valorada por ojos y cuerpos ajenos. Yo era una víctima que por momentos se disfrazaba de villana.

Y así tuve varias relaciones enfermizas que me seguían fragmentando el corazón y aminoraban la poca autoestima que me quedaba, yo era inestable como una bomba de tiempo que explotaba cada tanto.

Era impulsiva, pasional, reptiliana y no vislumbraba las consecuencias de mis reacciones. Impredecible de mirada vacía, vociferaba a los cuatro vientos que me importaba un carajo lo que pensara la gente solo para justificar mis comportamientos inmaduros, no obstante, la realidad era  que me importaba poco mi propia vida, por eso era tan sencillo autosabotearme.

Culpaba a los malos amores, a mis padres, a mi ciudad natal, a mis depresiones, a mi ansiedad, mejor dicho, seguía anclándome en el pasado como la excusa ideal para no cambiar y mantener mi estatus de desastre ambulante.

Hasta que un día me cansé de los dramas, porque ya no tenía fuerzas para pelear y porque me di cuenta que las garras y el ahínco que exhibía con orgullo, eran la muestra de un miedo profundo que me manejaba a su antojo, como si fuera una marioneta que nunca se había preguntado quien movía los hilos.

No siendo suficiente con el sufrimiento que ya sentía, me di mucho palo, me traté mal, me avergonzaba de mi misma y no me daba el permiso para cometer errores.  Mi pasado me pesaba tanto que quise fabricar una máquina del tiempo para borrar los vestigios de todo lo vivido, de mis fallidas relaciones de pareja, que los show que armé, de los gritos, las copas rotas y las camisas manchadas de vino barato.

Pero no podía deshacerlo, no había vuelta atrás, lo único que me quedaba era aceptarlo y ver la persona que había sido, porque necesitaba aprender algo de toda esa mierda que me daba miedo volver a repetir, porque tenía recelo de los demás y tenía miedo de mi lado oscuro.

Saque un espacio para mí, dejé que mi vulnerabilidad se expresara y que el dolor saliera, exploté y brotó un incendio emocional que devoró todo lo que había a su paso, pero también me purificó, pues cuando el fuego se volvió cenizas empecé a buscar las causas, y al llegar a ellas pude empezar a restaurarme.

Al vaciarme sentí hambre y me propuse llenar ese agujero con cariño de mí para mí, como si fuera una niña perdida que necesitaba un abrazo. Eché mano de todo lo que pude encontrar y cual esponja absorbí lo que pensé que podría necesitar, por eso me abrí a la psicoterapia, meditación, coaching, libros de superación personal y a mi blog que también fue de gran ayuda, porque al escribir sobre estas situaciones sentí que las exorcizaba y me quitaba pesos de encima.

Hoy siento que he crecido, en parte porque esa tarea no se la dejé al azar ni al supuesto tiempo que cura las heridas, tomé la responsabilidad y acepté las consecuencias de mis actos, aunque suena sencillo y bastante resumido en un par de palabras, lo cierto es que me tomó varios años, recolecté litros de lágrimas e implicó desprenderme de hábitos dañinos que me acompañaron durante mucho.

No soy perfecta, soy humana y cometo errores, confieso que sigo percibiéndome muy emocional solo que ahora uso la fuerza de mis sentimientos para crear y no para destruir, sin embargo ya no me siento envenenada, ya no siento el impulso de complicarme la vida, ni de complicársela a los demás, mi prioridad es mi libertad interior y mi bienestar.

Para llegar a hoy, tuve que perdonar mucho de mi ayer.

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Valeria De La Espriella

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